Después de la muerte de Lutero, Felipe Melanchthon se convierte en el portavoz de la reforma hasta el fin de sus días como el exponente más sobresaliente de la reforma en Alemania.
Melanchthon fue coetáneo y amigo de Lutero. Fue tanta la afinidad que hubo entre ambos, que cuando Lutero fue confinado en el castillo de Wartburg, Felipe fue la cara visible del movimiento de reforma religiosa de Alemania.
Fue sumamente importante su intervención en la Dieta de Augsburgo, donde expresó su intención de lograr un entendimiento entre protestantes y católicos, manifestado en los 28 artículos de fe redactados en colaboración con Lutero, de las Confesiones de Augsburgo. El tono de este credo era tan conciliador que sorprendió incluso a los propios católicos.
Felipe compartió muchos puntos de vista de la doctrina protestante, pero a su vez siguió conservando y celebrando la mayoría de las ceremonias católicas. Esto le costó que muchos teólogos luteranos lo rechazaran, hasta el punto que cuando murió, sus últimas palabras fueron una queja por la rabies theologorum (la «rabia de los teólogos»), que desde la muerte de Lutero habían librado batalla contra él.
Verdaderamente estamos ante un humanista. Hasta el día de hoy le debemos la palabra «psicología», y es considerado el padre de la educación en Alemania. Las posiciones en la rebelión de los campesinos fueron muy diferentes a las de Lutero. Su visión teológica nunca fue la de una Iglesia diferente a la católica, y su última oración fue por la unión de las iglesias «en Cristo».

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